A. Moreno · Relato · Textos

Días de cine

2-815Te voy a hacer una oferta que no podrás rechazar, enséñame la pasta. A Dios pongo por testigo que nunca remataré una vida humana, aunque soy satánico y de Carabanchel. He visto cosas que jamás creeríais y, francamente, querida, me importa un bledo. El mundo se divide en dos, los que tienen un arma, y los que van a morir, te saludan.

Después de decir todas estas chorradas, el hombre que mató a Liberty Vallance guardó sus pistolas de oro y se dispuso a pactar con el diablo. Aquella mañana desayunó en Tiffany’s con su Padrino, un pequeño gran hombre llamado Caballo. Más tarde, algunos hombres buenos trataron de disuadirlo, pero él ya estaba acorralado y conocía el precio del poder. Rocky, su vecino del quinto, ya le advirtió: “la tentación vive arriba”. Pero aun así tenía claro cuál era su destino de caballero, enfrentarse al ejército de las tinieblas. De pronto, una melodía de seducción atrajo su atención; era El Diablo, que metió la mano en el piano, tras apartar al pianista; sabía que tenía el enemigo a las puertas, aunque por otro lado sabía de sobra que la muerte tenía un precio.

Nuestro protagonista subió al final de la escalera y se detuvo ante el apartamento. El resplandor que procedía del otro lado le cegó, sin embargo, con furia ciega cruzó la delgada línea roja y penetró en la habitación del hijo del mal.

Allí estaba el príncipe de las tinieblas, bailando con lobos, avivando la hoguera de las vanidades. El hombre que sabía demasiado se puso cara a cara y le pidió unas vacaciones en Roma a cambio de su alma. Mientras, el violinista en el tejado, que estaba poniendo todo su sentido y sensibilidad, decidió actuar, irrumpió en la habitación del pánico a través de la ventana indiscreta y gritó: “¡abre los ojos, la vida es bella, al diablo con El Diablo!”

Satán, que era hombre de mucho ruido y pocas nueces, huyó bajando los 99 escalones y se subió a un tranvía llamado deseo.

El hombre tranquilo agradeció al violinista que le hubiera salvado de un loco a domicilio.

Ambos bajaron hasta El clan de los irlandeses, el mejor bar de aquel pueblo maldito, siempre abierto hasta el amanecer.

Aquello fue el comienzo de una gran amistad, sin embargo, las colinas tienen ojos y el día de la bestia puede llegar cuando menos te lo esperas

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